Jardines
por Josep Maria Guix


El jardín delimita un espacio, instaura el orden allá donde reinaba el capricho, crea un paisaje placentero surgido de la imaginación de quien lo ha diseñado. Cuando el paseante se adentra en él, sin prisas, el jardín transforma el tiempo: todo parece ralentizarse y fluir con calma ante la liturgia de agua y madera, de viento y roca. El jardín es, al fin y al cabo, una metáfora del mundo que lo ha visto crecer.


Igual que un jardín japonés, la música de Ramón Humet es bella, refinada, transparente, a menudo un juego. Lo es tanto en sus intenciones como en el uso mesurado de los medios que utiliza – no puedo evitar relacionar su música con la serie Constelaciones de Joan Miró. Su obra es capaz de transmitir la feliz fascinación de un niño ante un nuevo descubrimiento: música de sonrisa mágica erigida sobre los fundamentos de una sólida técnica. Música que fluye con naturalidad – ¡todo un reto! – y parece ocultar las horas de reflexión y experimentación del proceso compositivo.

De un tiempo a esta parte, la sensibilidad milenaria de la cultura nipona ha cautivado a Humet. Esto ha supuesto, inevitablemente, una mirada atenta a la naturaleza que nos rodea y una búsqueda de la belleza en cada pequeño detalle. Y es que cada objeto del entorno – ya sea piedra, hoja, astro o insecto – se convierte en todo un universo de sensaciones que interactúan y conducen, al fin, a una actitud espiritual ante la vida.

La fascinación por el arte japonés implica, a su vez, desnudar el discurso de elementos superfluos para alcanzar aquello que resulta esencial. De aquí proviene el uso del haiku como punto de partida en muchas composiciones. El poder de evocación de estos versos de métrica escasa ha causado tal impresión en Humet, que ha dotado a su música de un nexo indivisible con las imágenes sugeridas. No por ello, sin embargo, se debe pensar que se trata de una música descriptiva al uso: es, más bien, una lograda simbiosis entre artes.

Captados el espíritu, los elementos visuales y el rigor constructivo, al autor le quedaba, nada más, concentrarse en los sonidos. La flauta de bambú significó el punto de partida. En efecto, hace tiempo que el shakuhachi cautivó a Humet hasta el extremo de llegar a tomar clases de forma sistemática a fin de convertirse, él mismo, en intérprete del instrumento. Este conocimiento desde dentro le ha permitido integrar las posibilidades de esta antigua flauta en sus composiciones – las inflexiones tonales, la presencia del aire como parte esencial del discurso, el carácter meditativo de la música.

Sin embargo, su sensibilización ante la cultura asiática ha germinado en un terreno muy fértil sembrado ya tiempo atrás. La personalidad inquieta de Ramón Humet se ha ido forjando en diversos ámbitos – musicales, literarios, tecnológicos, vitales. El estudio del piano, en primer lugar, y de la composición tradicional, posteriormente, le han proporcionado la base práctica y teórica imprescindible para llevar a cabo un oficio – condición “necesaria”, como él dice, pero “insuficiente para crear una música interesante”. Los conocimientos de ingeniería, por otro lado, le han facilitado el uso de la electrónica y de la informática aplicadas tanto a la interpretación como a la composición. Pero el auténtico punto de inflexión fue su encuentro con Jonathan Harvey, en verano de 2000, durante el taller de jóvenes compositores de la Joven Orquesta Nacional de Cataluña. A partir de ese momento se abrieron nuevas posibilidades creativas para Humet – sobre todo la influencia del espectralismo: más en un sentido empírico, de investigación y tratamiento de materiales que en la dimensión más dogmática. Del mismo modo, de aquí surgió su pasión por todos aquellos compositores - George Benjamin, György Ligeti, Toru Takemitsu, Per Norgard – extremadamente cuidadosos con la armonía, sutiles con la modulación del color orquestal y fieles a la voluntad de innovar sin dinamitar los lazos con la tradición. Este último aspecto es primordial para quien se aproxima al legado de la música de los maestros “con gran respeto y admiración”. Y es que dialogar con Ramón Humet supone compartir su entusiasmo por el arte, por la poesía de Basho o de Pessoa o por la música polifónica del Renacimiento. Nunca ha dejado de transmitir una ilusión envidiable por todo aquello que hace.

Instalado en un pequeño pueblo del Baix Camp, a pie de montaña, el autor ha abandonado el constante alboroto de la gran ciudad que le vio nacer, renunciando con valentía a todo aquello que no era imprescindible para poder componer. Siempre atento a las novedades, a los cambios significativos – su aislamiento no responde a una actitud apocalíptica: está perfectamente integrado en la cultura del presente – el compositor se sienta ante su mesa, con una taza de té verde en la mano, y reemprende la música, humildemente, con amor y exigencia, en el mismo punto en el que la dejó el día anterior.


Josep Maria Guix, compositor


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El refinado universo sonoro de Ramon Humet
por Javier Pérez Senz


Un creador «delicado y sutil, con una gran imaginación poética». Con esta definición, Jonathan Harvey expresaba su sincera admiración por el talento del compositor catalán Ramon Humet (Barcelona, 1968), músico de fina sensibilidad, imaginación y sólida técnica compositiva que se ha situado, por derecho propio, en el pelotón de cabeza de una nueva generación de compositores españoles que en los últimos años está ganando cada vez mayor proyección internacional por la calidad, inspiración y factura musical de sus partituras.


Humet, ingeniero técnico en telecomunicaciones, fue alumno de Gerry Weil y Harriet Serr, con quienes estudió en Caracas entre 1986 y 1989, y en su formación musical destacan sus estudios de composición e instrumentación con Josep Soler y de piano con Miquel Farré. Saltó a la escena internacional al obtener el prestigioso Premio de Composición Olivier Messiaen 2007 por su obra Escenas de pájaros, galardonada también con el Premio Reina Sofía de Composición 2006. Su estreno mundial, que tuvo lugar el 10 de enero de 2007 en el Théâtre Maisonneuve de Montreal, a cargo de la Orquesta Sinfónica de Montreal, dirigida por Jean-François Rivest, y su estreno español, en octubre del mismo año, por la Orquesta Sinfónica de RTVE y su entonces director titular, Adrian Leaper, marcan un antes y un después en su trayectoria. Su ascenso, fruto de un trabajo serio y riguroso, sin golpes de efecto, revela una voluntad de progreso en su escritura, cada vez más refinada, sin perder por ello un extraordinario poder de comunicación.

Desde el año 2000, a lo largo de una fructífera década creadora, Humet ha ido forjando, sin prisas, un amplio catálogo de obras, muchas de ellas de inspiración oriental, en un continuo proceso de depuración de su lenguaje: piezas como The voice of the Devil, para flauta y guitarra; Tres nocturns, para saxo soprano y orquesta sinfónica; Mantra II, para grupo de percusión; Escenes del bosc, álbum para piano estructurado en diferentes cuadernos; ...from the Meadows, para flauta, saxo, piano, percusión y electrónica, y Jardí de haikus, para conjunto de cámara, han ido perfilando y reafirmando su atractiva personalidad sonora.

De hecho, Música del no ésser reúne cuatro partituras con muchos nexos en común. La primera en ver la luz fue Vent transparent, obra encargo de la Fundació Caixa Catalunya, estrenada con gran éxito el 14 de agosto de 2008 en el Festival Internacional de Músiques de Torroella de Montgrí (Gerona). El público aplaudió con calor su estreno, deslumbrado por el arsenal de imágenes sonoras y poéticas desplegado por el joven compositor barcelonés en una pieza de apenas diez minutos de duración e impecable factura.

Humet es un músico con imaginación, vitalidad y carisma que sabe plasmar su pensamiento musical con las técnicas y recursos expresivos más variados, y en las obras que integran Música del no ésser despliega un gran refinamiento tímbrico, atmósferas sutiles y encanto sonoro. La atracción por la filosofía y la música tradicional japonesa desempeña un importante papel en su proceso creador. En el caso de Música del no ésser, Humet se inspira en un breve poema póstumo del monje zen Daido Ichi’i: La música del no ser / llena el vacío: / sol de primavera, / blancura de nieve, / nubes brillantes, / viento transparente.

Los cuatro movimientos, que pueden ser interpretados de forma aislada, están «generados a partir de un motivo melódico muy conciso» y cobran su dimensión poética y sonora de forma más reveladora cuando se interpretan juntos. La gestación de las cuatro piezas recorre la etapa más fecunda de Humet y muestra la consolidación de un lenguaje sinfónico que ha madurado sin pasos en falso, con una escritura cada vez más rica, plena y sugerente. Los versos inspiran imágenes cuya traducción sonora excita la imaginación del oyente, bien sea la paz y la serenidad que sugiere el verso «Blancor de neu» o los contrastes que animan el cuarto movimiento, donde brota el carácter más extrovertido y brillante a partir del verso «Núvols brillants», que, en palabras de Humet, «sugiere una armonía llena de color, con agregados interválicos resonantes y poderosos. El tempo alegre hace cantar a los metales en una especie de fanfarria final que arrastra la orquesta hacia un clímax lleno de gozo vital».

La atracción por el color, la búsqueda constante de un mundo de sonoridades capaz de atrapar al oyente y fascinarlo es una constante en el lenguaje orquestal de Humet ya desde sus obras más tempranas, como los Tres nocturns, de 2001, su primera obra para orquesta sinfónica, estrenada por la Orquesta de la Comunidad de Madrid y José Ramón Encinar, con Manuel Miján como solista. La depuración del lenguaje es constante en su obra, como lo muestra el imponente salto cualitativo que significa el citado logro de Escenas de pájaros, en la que la fascinación tímbrica va unida a un dominio de los recursos cada vez más sutil e imaginativo.

El género concertante despierta gran interés en Humet, que muestra nuevamente su inspiración y talento en el Concert per a piano i conjunt instrumental «And the World was Calm», un encargo del Grup Instrumental bcn 216, estrenado el 5 de marzo de 2010 en el Festival Ars Musica de Bélgica por el pianista Jordi Masó –dedicatario de la obra– y el conjunto barcelonés, dirigidos por Ernest Martínez Izquierdo. Los mismos intérpretes grabaron la obra el 10 de noviembre del mismo año en el Auditori de Barcelona.

El propio compositor explica en estas notas la doble fuente de inspiración de la pieza: «Mi hijo pequeño experimentando con el piano y la lectura del célebre poema The House was Quiet and the World was Calm, de la obra Transport to Summer del poeta americano Wallace Stevens. El material musical de base proviene de la gestualidad propia de un niño experimentando con el teclado de un piano: acordes bien contrastantes en los registros extremos y la insistencia en dos notas determinadas. De hecho, la obra empieza con la exposición de una serie de acordes inspirados en esta búsqueda de registros extremos. En la sección central, las notas Sol-La forman un motivo que recrea la insistencia del niño en estas dos notas».

Curioso punto de partida, combinado con ideas surgidas de la lectura del poema de Stevens y que nos muestra, una vez más, el poder de la literatura en la gestación de una obra. De hecho, Humet es un lector apasionado, fascinado de forma especial por la poesía. Si la lectura poética de tres autores ingleses del siglo xix –William Blake, William Wordsworth y John Keats– están en el origen de sus Tres nocturns, y el breve poema póstumo del monje zen Daido Ichi’i inspira su Música del no ésser, hay un aspecto que llamó inmediatamente la atención del compositor en la lectura del poema de Wallace Stevens: «La recurrencia de la escena en calma que se transforma en una metaescena construida como superposición de diversos planos en los que se incluye incluso al propio lector. Este despliegue ambiguo e iterativo de una misma escena me sugiere un tratamiento multidireccional del tiempo: tiempo horizontal en las secciones i y iii –con una abundante proliferación del material original–, tiempo vertical en las secciones ii y vi –con acordes resonantes y ecos–, tiempo horizontal y vertical en la sección iv –en forma de bloques compactos de texturas y motivos mecánicos–, y superposición de diferentes capas temporales en la sección v –la cadencia del solista.»

Música, en definitiva, llena de vitalidad, imaginación y energía, obra de un compositor con carisma, con ideas claras y voz propia en la actual creación musical española.


Javier Pérez Senz, periodista y crítico musical


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Notas biográficas

La música de Ramon Humet (Barcelona 1968), compositor e ingeniero, ha recibido una amplia difusión y aceptación tanto por parte del público como de la crítica gracias a la búsqueda sin concesiones de un lenguaje personal de gran refinamiento y equilibrio entre forma y expresión. Tras estudiar composición en el conservatorio con el profesor Josep Soler, entró en contacto con el compositor británico Jonathan Harvey, encuentro que marcó profundamente su camino creativo.


En el año 2007 fue galardonado con el Premio Internacional de Composición Olivier Messiaen, hecho que conllevó el encargo – a iniciativa del maestro Kent Nagano – de la composición orquestal Escenas de viento para la Orquesta Sinfónica de Montreal, obra estrenada en 2008 bajo la dirección de Jacques Lacombe. Su música orquestal también ha recibido galardones como el XXIV Premio Internacional de Composición Reina Sofía y el XVI Premio Internacional de Composición Ciudad de Tarragona. En el año 2014 ha sido nombrado «compositor invitado» en el Palau de la Müsica Catalana.

La música de Ramon Humet destila un intenso amor por la naturaleza, plasmado en algunas de sus obras sinfónicas como Música del no ésser (Música del no ser) –estrenada por la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña dirigida por Pablo González–, El temps i la campana (El tiempo y la campana) -estrenada por la Orquesta Nacional de España y dirigida por Guillermo García Calvo- o Escenes d’ocells (Escenas de pájaros) –obra orquestal que ha sido objeto de múltiples reposiciones  dirigidas por Jean François Rivest, Adrian Leaper, Roberto Minczuk, Víctor Pablo Pérez, Edmon Colomer o Rubén Gimeno con diferentes orquestas. La música para piano es una faceta clave en el catálogo de Humet, entre las que cabe destacar el tercer cuaderno de la serie Escenes del bosc (Escenas del bosque), encargo de la Association pour la Création et la Diffusion Artistique estrenado en la Cité de la Musique en 2007 como obra obligada en el prestigioso Concours Olivier Messiaen de piano. El quinto cuaderno fue estrenado por Satoko Inoue en 2014 en el Tokyo Opera Recital Hall.

Su música ha sido descrita por Josep Maria Guix como 
«bella, refinada, transparente, a menudo un juego, música de sonrisa mágica erigida sobre los fundamentos de una sólida técnica.». Frecuentemente inspirada en la música tradicional japonesa para shakuhachi, algunas de sus obras de cámara más relevantes han sido recogidas en un disco compacto de cuidado diseño, "Niwa", con la interpretación de la London Sinfonietta dirigida por Nicholas Collon. Este CD, producido por el sello Neu Records, ha sido grabado con sonido de alta definición y en sistema surround 5.1, y ha sido reseñado por la revista Gramophone como «un proyecto fascinante».

Desde el año 2009 es profesor de composición en el Conservatorio Superior del Liceo. Humet posee un amplio repertorio de música instrumental, vocal, escénica y electroacústica, con una particular atención a la producción orquestal.


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